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home_sefarad.gif (990 bytes)Principal Sefaradíes en Chile

logosefard.jpg (9968 bytes) Cuentos

Nueve no hacen un minian
Bruno Contreras

 

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 Contaba los pasos, girar, taconear y vuelta a empezar.

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Era una manera de acortar las horas y el tedio de un día de guardia. La lluvia, fina, le mojaba el uniforme, de su gorra caían gotas en cada movimiento. Con envidia miraba al interior de la comisaría, donde el sargento y otros colegas bebían café alegremente. De vez en cuando atisbaban a la calle y le hacían musarañas divertidas.

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Seguía caminando de una esquina a otra, pensando que mañana tendría que estar en la calle dirigiendo el tránsito.

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Y el tiempo transcurría lentamente, un pequeño perro le ladró al pasar, no le hizo caso, le gustaban los perros aunque quería más a los gatos. Ese pensamiento le trajo recuerdos antiguos, recordó especialmente a su abuelo. ¡Ah!...el abuelo con su gato regalón, sus extrañas ideas y tradiciones, cosas olvidadas ya.

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Tendría que cocinarse algo en cuanto estuviera en su modesta pieza de alquiler, tal vez leería algunos de los libros que llenaban su morada.

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La lluvia paró y unos tímidos rayos de sol asomaban por ahí. De pronto se interrumpió su monótono andar. Un coche tirado por caballos se detuvo frente a la comisaría, de él descendieron un grupo de venerables ancianos, todos barbudos, parecían antiguos profetas.

-         Buenas tardes, señor guardia.

-         Buenas.

-         Esta es la Décima Comisaría ¿no?

-         Sí.

-         Disculpe pero quisiéramos hablar con el señor comisario.

-         Bien, ¡cabo de guardia!

-         ¿Qué pasa?

-         Estas personas quieren hablar con mi teniente.

-         Bueno que pasen.

 

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Extraños personajes, no sabía por qué pero le trajeron añoranzas de su abuelo, su forma de hablar, de comportarse, sus nobles miradas.

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Miró el interior y vio al comisario con los ancianos, hablaba con ellos, en sus gestos se notaba estar sorprendido.

 

 


 

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- ¡Isaac!

- Voy mi teniente.

- Isaac, ¿usted conoce a esta gente?

- No señor- observó a los ancianos con curiosidad.

- Pues bien, han venido a solicitar que le autorice a usted, para ausentarse y asistir a no sé qué ceremonia de suma importancia y le precisan.

- ¿Yo?...pero.

- Deje la guardia, y no haga esperar más a esta gente, tiene tres días de franco.

Eran diez varones los que precedían la mesa, todos vestidos en forma inmaculada y con sus cabezas cubiertas, le habían comprado un traje nuevo – aunque preferiría estar de uniforme-, le hablaron y contaron cosas que le emocionaron. Eran nueve y con el hacían diez, él era el décimo.

El más anciano se levantó, estaba tocado con un chal blanco y celeste.

-    Les presento a este joven policía que tiene el honor de compartir con nosotros, y que gracias a él ha sido posible completar un minian y así poder festejar por primera vez el año nuevo en este generoso país.

Tomó un hermoso libro y comenzó a recitar, con energía, con amor, con esperanza…

-         ¡Escucha Israel, Dios nuestro Señor…

Por los oscuros ojos de Isaac comenzaron a rodar lágrimas, abundantes, únicas, eternas,…para siempre.

 

 

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