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Una lengua en el infierno:
el judeo-español en los campos de exterminio

Artículo publicado en Tonos Digital, Revista Electrónica de Estudios Filológicos, Número 5, Abril 2003.
Autorizado para Sefaradíes en Chile por el Dr. José María Jiménez Cano, Co-editor de Tonos, Decano de la Facultad de Letras, Universidad de Murcia

Salvador Santa Puche
Doctor en Filología e investigador
de la cultura sefaradí.
Representante español ante la JEAA

0. Preliminar

0.0.El estudio de las denominadas ‘judeo-lenguas’ (yiddish, sefardí, judeo-árabe...) reviste de especial importancia para la comprensión lingüística de la historia del pueblo judío, colectivo que hace de la palabra escrita uno de los pilares fundamentales de su existencia y que , debido a causas históricas, ha creado varias lenguas como resultado de su contacto con otros colectivos étnicos.

El multilingüismo era una de las características más sobresalientes de la población judía de Europa del periodo de pre-guerra. En el caso de los sefardíes, constatamos el uso del hebreo (considerada como ‘lashon akodesh’, lengua santa), que obviamente era la lengua de la sinagoga y de los usos religiosos; el judeo-español, con todas sus variantes dialectales, que era la lengua de uso diario, en el trabajo, en la familia, en la prensa...; y, finalmente, el uso de las lenguas nacionales, la del país donde la comunidad sefardí estaba establecida: el griego, el turco, el búlgaro, el rumano, etc. si bien el conocimiento de estas lenguas no era completo ni profundo.

0.1.En los años 30, el principal núcleo de hablantes del judeo-español hay que localizarlo en tres focos diferentes: el primero y más importante se halla en los Balcanes, principalmente en Grecia, Bulgaria, Yugoslavia y Rumanía.

El segundo foco lo representa Turquía con sus importantes comunidades de Esmirna, Estambul, etc.; y el tercer foco lo representa el continente americano, el principal destino de los emigrantes sefardíes en el primer tercio del siglo XX. Además, hay que destacar otros núcleos de menor importancia cuantitativa, (pero no cualitativa), establecidos en Palestina y Europa occidental.

0.2. Es difícil concretar el número de hablantes de judeo-español en Europa al inicio de la II Guerra Mundial. Las cifras rondan desde los doscientos setenta mil a los cuatrocientos cincuenta mil; establecidos principalmente en el este de Europa. Lo cierto es que el judeo-español estaba conociendo una época dorada como lengua: la prensa sefardí llegó a contabilizar más de trescientos periódicos publicados como prensa diaria, semanal o mensual en el período de 1870 a 1930. La creación literaria comenzaba a dar sus primeros pasos hacia nuevos estilos: se estaba produciendo el paso de la literatura oral y anónima a la escrita y de autor. Comenzaba la elaboración de una poética de alta calidad, el desarrollo de una rica narrativa y el nacimiento de un teatro sefardí muy elaborado y preocupado por complejas formas escénicas[1].

0.3. Al igual que sucedió con la otra gran judeo-lengua, el yiddish, el estallido de la II Guerra Mundial y la aniquilación sistemática de la judería europea, supuso para el judeo-español un duro golpe y una interrupción casi total de su dinámica. En apenas cinco años la lengua sefardí perdió al 90 por ciento de sus hablantes.

Lo que esto significa para una lengua es imaginable: el judeo-español dejó de tener un punto de localización reconocible y perdió a quienes mejor hubieran podido abrir nuevos caminos hacia la normalización de una lengua: los escritores y creadores literarios.

1. El exterminio de las comunidades sefardíes.

1.1. La aniquilación sistemática de la población judía en los campos de concentración y exterminio es el acontecimiento histórico más duro que sufren las comunidades sefardíes desde la expulsión de 1492.

El propósito declarado de la política nazi era la realización de un programa en el cual ocupaba un lugar preeminente la cruzada contra el judaísmo[2].

1.2. En enero de 1933 A. Hitler fue designado canciller del Reich. Con el ascenso al poder del partido nazi se dio impulso a todos los movimientos antisemitas en Europa. En Alemania y en gran parte de los países de Europa oriental, a excepción de Checoslovaquia, se excluía a los judíos de la vida pública e intelectual y se declaraba un boicot contra los comercios y empresas judías. En el congreso de Nuremberg de 1935 se decretaron las medidas raciales, que se hacían extensibles a los países anexados como Austria en 1938 o los Sudetes de Checoslovaquia en 1939.

La invasión alemana de Polonia en 1939 provoca el estallido de la segunda guerra mundial. Durante los años 1940 y 1941 la mayor parte de Europa, desde el Océano Ártico hasta el Mediterráneo y desde los Pirineos hasta el Cáucaso, quedó sometida a Alemania. En cada zona conquistada, la primera labor de los alemanes era la solución del problema judío, según la concepción nazi.

1.3. Esta situación también afectó al mundo sefardí[3]. En 1940 la Italia fascista de Mussolini atacaba Grecia. Ante la obstinada resistencia del ejército griego, en el que figuran numerosos sefardíes, las tropas italianas se retiran a Albania dejando paso al ejercito alemán. La ocupación de Grecia en 1941 dividió al país en tres zonas: alemana, búlgara e italiana[4]. Las fuerzas italianas ocuparon la Grecia occidental, incluida Atenas, además del Peloponeso y de las islas del Dodecaneso. Tracia y Macedonia pasaron a la administración búlgara, y los alemanes se establecieron en la zona central y en Salónica[5], sin duda la comunidad sefardí más importante de la época con más de cincuenta y seis mil miembros.

Los alemanes intentaron por todos los medios deportar a los judíos del antiguo reino, especialmente a los de Atenas, pero lo lograron parcialmente debido a que las autoridades griegas y la Iglesia ortodoxa consiguieron hacer desaparecer todos los archivos y organizaron la huida de un considerable número de sefardíes.

En las zonas de dominio italiano, la vida transcurría más tranquila para los judíos debido al escaso antisemitismo de la sociedad italiana; pero cuando el gobierno de Badoglio formuló la oferta de armisticio a los aliados en 1943, los alemanes penetraron en Italia y en las zonas bajo su administración en Grecia.

1.4. Las primeras medidas ordenaban una meticulosa inscripción de toda la población judía en los registros, la obligación de portar la estrella de David, así como la confiscación de bienes, la expulsión de los cargos públicos y la concentración de todos los judíos en determinados barrios.

A partir de mayo de 1943 comenzaban las deportaciones a Auschwitz- Birkenau.

Debemos señalar que la presencia de los sefardíes griegos en los campos de la muerte fue muy destacable y no sólo por el número de gaseados. La mayoría de los testimonios señalan como ‘los griegos’ formaban un colectivo destacado y dirigente entre el resto de los colectivos. Recordemos además que entre las primeras sublevaciones de los deportados a Auschwitz, la primera fue dirigida por un ‘sonderkommando’[6] de sefardíes de Salónica, quienes fueron los primeros en destruir dos hornos crematorios de Auschwitz-Birkenau.

La magnitud de la tragedia de los sefardíes griegos es inmensa. A modo de ejemplo citamos algunas cifras[7] de las comunidades más importantes[8]:

Comunidad Población en 1941 Población en 1945

Salónica......................... 56.200............................ 1.240

Cavala........................... 2.100.............................. 42

Corfu............................. 2.000.............................. 185

Rodas............................ 1.701............................. 40

Jannina.......................... 1.850.............................. 163

Drama........................... 1.200.............................. 39

1.5. En 1941 las tropas del Eje ocupan Yugoslavia. Se produce la desintegración del país que es ocupado por tropas alemanas, italianas, húngaras y búlgaras. Los alemanes permiten la segregación de Croacia donde se instaura el régimen filo-nazi de los ustashas dirigido por Ante Pavelic que pronto decreta draconianas medidas antisemitas y dirige una amplia limpieza étnica destinada a la expulsión y aniquilamiento de minorías serbias, húngaras, gitanas y judías. En las zonas controladas por los alemanes no se tarda en aplicar la solución final, aunque no serán pocos los judíos que consiguen huir a través de la zona italiana o ayudados por los guerrilleros de Tito[9].

La ausencia de estadísticas impide conocer la magnitud de las deportaciones pero se estiman en unos catorce mil, de una población de treinta mil sefarditas, los judíos que consiguieron salvarse[10]. En los años posteriores al fin de la guerra, unas ocho mil personas obtuvieron el permiso para emigrar a Israel.

1.6. La comunidad judía de Bulgaria fue la única de los Balcanes cuyos miembros lograron evitar las deportaciones en parte gracias al pueblo búlgaro. En conformidad a sus planes de exterminio los nazis exigieron de las autoridades búlgaras la deportación de todos los judíos. A principios de 1943 el gobierno de Sofía dio el permiso para tal fin, pero no pudo evaluar la enconada resistencia que encontró tal permiso en el seno de la población búlgara, ya que se organizaron manifestaciones de protesta por parte de los intelectuales,

miembros del parlamento y de la Iglesia ortodoxa búlgara. Frente a esta oposición las autoridades decidieron desistir de organizar cualquier deportación en territorio búlgaro.

No obstante los sefardíes búlgaros sufrieron fuertes medidas restrictivas, siendo obligados a trabajos forzados y a fuertes medidas antisemitas.

Como consecuencia de esto, las comunidades de Bulgaria pudieron ver el fin de la guerra sin haber salido de sus fronteras y sin conocer la tragedia de los campos de exterminio[11]. Al contrario de lo sucedido en otros países del bloque socialista tras la segunda guerra mundial, las autoridades búlgaras permitieron la salida de un alto número de sefardíes hacia Israel en 1948. Muy diferente fue la suerte los sefardíes de Tracia y la Macedonia yugoslava, territorios anexionados a Bulgaria, que no habían sido reconocidos como ciudadanos búlgaros. Alrededor del 98% de los sefardíes de estas regiones no sobrevivieron a los campos.

1.7. En Rumania el régimen filo-nazi no dudó en prestar su colaboración a los nazis para la deportación de los judíos. Se calcula en unas veinte mil personas el número de sefardíes rumanos de los que sólo sobrevivieron cinco mil.

1.8. En la Europa occidental también sufrieron los sefardíes las consecuencias de la solución final. Aproximadamente unos cuarenta mil sefardíes fueron enviados al campo francés de internamiento de Drancy y desde allí deportados a Auschwitz-Birkenau, Bergen-Belsen, Treblinka, Dachau, etc.

La población sefardí de Europa occidental se calcula en unas sesenta mil personas en Francia, tres mil en Bélgica y dos mil en Holanda. Tras el fin de la guerra las cifras se reducen respectivamente a veinte mil, quinientos y setecientos residentes en estos países.

2. El universo lingüístico en los campos de concentración.

Hablar de los campos de concentración y toda la vida que giraba en torno a ellos supone un cambio profundo de determinados parámetros morales, que cualquier mentalidad humana puede aceptar, a otros que, verdaderamente, son inimaginables[12].

En primer lugar debemos señalar que las interrelaciones lingüísticas en los campos de la muerte son un factor que apenas ha sido estudiado, por la simple razón de que, en contra de lo que se pudiera pensar, el estudio del universo de los campos no ha sido abarcado en toda su macabra totalidad.

2.1. Aunque debemos destacar el uso de las lenguas que todos y cada uno de los deportados portaba consigo, la importancia del conocimiento que un hablante tenía no sólo de la suya propia sino de las lenguas ‘adyacentes’, es decir, la del resto de los presos y, sobre todo, la de los ‘verdugos’ (los SS alemanes, los colaboracionistas húngaros, ucranianos, etc.), era de vital importancia pues en ello se establecía una débil línea de separación entre la vida y la muerte.

La necesidad y el instinto por la supervivencia obligaron a los deportados a una readaptación lingüística que, en muchos casos, permitía salvar la vida en mitad de cualquier situación.

2.2. Los campos de concentración se convirtieron en un auténtico crisol de lenguas. Eran auténticas antesalas de la muerte donde el ser humano debía replantearse todo lo que había conocido hasta el momento de descender del tren: debían olvidarse de cual fue su vida anterior; sus hábitos, sus costumbres, la imagen de sus familias; y otro tanto sucede con la lengua natal: debían adaptar su capacidad de aprendizaje a una multitud de nuevos vocablos producto de un desesperado intercambio de préstamos lingüísticos[13].

2.3. En primer lugar el colectivo étnico más importante era el de los judíos, quienes a su vez se dividían en ashkenacíes (es decir, judíos oriundos del norte y este de Europa, cuya principal lengua era el yiddish o judeo-alemán, con todas sus variantes dialectales eslavas u occidentales –yiddish alemán, yiddish polaco, yiddish alsaciano...-; cuantitativamente más importante) y sefardíes (judíos descendientes de los expulsados de España en 1492, cuya lengua era el judeo-español o lengua sefardí, incluidas las diferencias dialectales del sur de los Balcanes- judeo-español de Salónica, judeo-español turco, judeo-español de Monastir...)[14].

2.4. Junto a los judíos se encontraban los prisioneros rusos, los presos políticos de Alemania, Polonia, Francia, Austria y otros; los gitanos, los colectivos sociales ‘deshechables’ como los presos comunes, los homosexuales, los testigos de Jehová, los disminuidos físicos y mentales; e incluso, presos republicanos españoles[15].

2.5. Cada uno de estos colectivos era portador de su lengua y en muchos casos los hablantes debieron aprender a reutilizar su lengua, a ampliar sus conceptos con otros nuevos e inicialmente ajenos, o bien, a recurrir a una serie de préstamos lingüísticos casuales pues tan solamente eran válidos en aquel universo de muerte y destrucción.

2.6. Pero no sólo la comunicación lingüística era el único elemento válido para sobrevivir. Junto a él se encontraban el lenguaje de los signos, el de los gestos, el de la quinésica... en suma, todo un desarrollo de los lenguajes no verbales.

3. El uso del judeo-español en los campos[16].

3.1. La primera impresión que tienen los sefardíes al bajar de los trenes que les llevan a los campos es la del desarraigo: las familias son separadas y es entonces cuando deben olvidar todo lo que fue su vida anterior y que un día permanecieron a una sociedad civilizada.

En algunos casos, no siempre, consiguen permanecer junto a personas de un ámbito próximo: amigos, parientes próximos, conocidos, etc.

Acto seguido son desinfectados, rapados y marcados con un número en el brazo que la mayoría de ellos conservarán el resto de su vida.

3.2. El número marca desde el primer momento una separación tajante de la lengua que hablan los deportados a la lengua de los ‘verdugos’: deben entender una lengua ajena a ellos, el alemán; una lengua muy diferente a las que han conocido. Desde entonces los SS u otros guardianes se referirán a ellos por el número de su brazo en lengua alemana:

‘...esto era un menester, duvias ambezar komo se dizia tu numero en alman, porke si el SS te yamava por tu numero, duvias ir pishin i si no lo komprendias en alman te aharvava el SS o el kapo o peor te azian...’[17]

(Traducción:... era una necesidad, debías aprender como era tu número en alemán, porque si las SS te llamaban por tu número, debías acudir lo más pronto posible. Si no entendías el alemán las SS o el jefe de barracón te golpeaban en el mejor de los casos...)

3.3. En la mayoría de los testimonios de supervivientes sefardíes examinados se suele señalar la novedad que suponía el encuentro entre judíos ashkenacíes y sefardíes.

Dentro del universo del mundo ashkenací, (judíos de origen centroeuropeo o eslavo; hablantes de yiddish), se partía de la inocente impresión de que una persona que no hablara yiddish era imposible que fuera judía; viceversa, del mismo modo sucedió con muchos sefardíes: un judío que no hablara judeo-español era imposible que fuera judío. Por eso, en muchos casos, se produjeron situaciones muy irónicas:

‘... yo era djudio de Salonik. Mis kompanyeros en el kommando eran de la Polonya i avlavan yiddish. Yo no podia avlar kon eyos, de modo ke por esto me disheron ke yo no era djudio... solo un tiempo despues akseptaron ke yo era un djudio de unotra parte...’[18]

(Traducción: .. yo era judío procedente de Salónica. Mis compañeros en el campo de trabajo eran polacos y hablaban yiddish. Yo no podía hablar con ellos y por lo tanto me decían que yo no era judío... sólo más tarde aceptaron el hecho de que yo era judío pero de algún lugar muy lejano...)

3.4. No obstante, debido a la magnitud del alcance de las deportaciones sobre el mundo sefardí, no era extraña la ocasión en la que se encontraban dos o más hablantes de judeo-español:

‘... i fue en los kampos ande yo konosi unotro deportado, el primero de munchos, ke avlava djudezmo: estavamos lavorando i uno me disho en lingua sefaradi: ayde, ayde!’...’[19]

(traducción: ... y fue los campos donde conocí a otro deportado, el primero de muchos, que hablaba judeo-español: estabamos trabajando y alguien me dijo: vamos, vamos...)

‘... un dia portavamos piedras en un karro i pasi por el krematorio ande vide un grupo de mansevos ke estavan avlando ladino. Eran unos mansevos de Salonik ke lavoravan en los fornos krematorios. Les dishe ke yo tambien lo avlava i eyos m’ayudaron...’[20]

(Traducción: ... un día llevábamos piedras en un carro y entonces pasé por uno de los crematorios donde vi a un grupo de jóvenes que estaban hablando judeo-español. Eran unos jóvenes de Salónica que estaban trabajando en los hornos crematorios. Les dije que yo también lo hablaba y desde entonces me ayudaron...)

3.4. Dentro de la vida cotidiana del campo los deportados aprendían a expresarse en numerosas lenguas:

‘... si avlava kon mi ermaniko lo azia en djudio; kon el kapo i los SS en alman i kon unotros prezos en yiddish o fransez, ama no es ke avlava sino ke m’ambezi algunos biervos...’[21]

(Traducción: ...si hablaba con mi hermano pequeño lo hacía en judeo-español; con el jefe de barracón y con los soldados de las SS hablaba en alemán y con otros presos en yiddish o francés, pero no es que hablara estas lenguas sino que aprendí algunas palabras básicas...)

3.5. A pesar de las terribles condiciones de vida, los sefardíes mantuvieron su tradición cultural forjada durante siglos. El ejemplo más claro puede verse en la música: muchos deportados podían ganar una cucharada de sopa más si cantaban algo que le gustara a sus guardianes. Obviamente los deportados sefardíes acudieron a su magnífico repertorio de canciones, coplas y romances cuyo origen se sitúa en la España medieval.

De entre los cantes que los deportados cantaban en los campos hay que señalar uno que casi llegó a convertirse en un himno para los deportados sefardíes: se trata de la cantiga lírica ‘Arvoles yoran por luvyas’ cuya letra debió ser muy significativa para los deportados:

Arvoles yoran por luvyas
I muntanyas por ayres
Ansi yoran los mis ojos
Por ti, kerida amante
Torno i digo: ke va ser de mi?
En tierras ajenas yo me vo murir
Enfrente de mi ay un andjelo
Kon sus ojos me mira
Yorar kero i no puedo
Mi korason suspira
Torno i digo: ke va ser de mi?
En tierras ajenas yo me vo murir


(Traducción: los árboles lloran por la lluvia/y las montañas por los aires/ así lloran mis ojos por ti, querida amada/ vuelvo y me digo: ¿qué va a ser de mí?/ en tierras ajenas me voy a morir/ enfrente de mi ay un ángel/ con sus ojos me mira/quiero llorar y no puedo/mi corazón suspira/vuelvo y me digo: ¿qué va a ser de mi?/ en tierras ajenas me voy a morir).

3.6. Sabemos por la mayoría de los testimonios que, incluso en los campos, los sefardíes se aferraron a su patrimonio lingüístico y cultural. Si hablaban en otras lenguas era por una necesidad imperiosa de sobrevivir, pero la mayoría seguía considerando al judeo-español como su lengua principal de comunicación:

‘... mi nona disho: si mos van a matar a todos, a lo manko vamos a murir avlando muestra lingua. Es la sola koza ke mos keda i no mos la van a tomar...’[22]

(Traducción: ... mi abuela dijo: si nos van a matar a todos, por lo menos moriremos hablando en nuestra lengua. Es lo único que nos queda y no nos lo van a quitar...)

3.7. De los testimonios realizados a los supervivientes de los campos y de las estadísticas publicadas hasta la fecha sobre el exterminio de las comunidades sefardí, podemos establecer una serie de conclusiones:

1. El judeo-español fue una lengua más en el universo de los campos[23]. Aunque siguiera siendo un vehículo de comunicación restringido al colectivo sefardí.

2. Su uso quedó limitado a los encuentros ocasionales entre los deportados si bien siguió siendo la lengua de uso cotidiano entre ellos y la lengua en la cual pensaban y sentían.

3. El concepto que los sefardíes tenían de su propia lengua en los campos llegó a ser un elemento de identidad que los distinguió de otros colectivos nacionales.

4. Y, obviamente, en contra de lo que muchas veces se ha dicho, consideramos el Holocausto, con su terrible cifra de exterminio del 90% de los hablantes como la principal causa de la grave crisis que sufrió esta lengua desde los años 40.

3.8. Dentro del sufrimiento de los campos, hubo incluso lugar para la creación literaria, especialmente de poesía. Dejamos el estudio de esta creación para posteriores estudios[24].

Del mismo modo cabe destacar que el Holocausto llegó a convertirse en uno de los principales motivos de la creación literaria de la lengua sefardí de postguerra, la cual, como sucede con el resto de la literatura sefardí, todavía no ha sido estudiada en profundidad y permanece desconocida en los ámbitos de la filología española.


[1] Para un estudio detallado de la literatura sefardí:
Díaz-Mas, Paloma: ‘Los sefardíes: historia, lengua y cultura’, Barcelona, 1986.
Romero, Elena: ‘La creación literaria en lengua sefardí’, Madrid, 1992.
Santa Puche, Salvador: ‘Introducción a la literatura de los judíos sefardíes’, Valencia, 1998.
[2] Colloti, Enzo: ‘La Alemania Nazi’, Madrid, 1972, pp.70-104.
[3] Un estudio detallado en: Reitlinger, Gerald, ‘La Solución final’, México D.F., 1973.
[4] Elazar, Daniel, ‘The Balkan jewish communities: Yugoslavia, Bulgaria, Greece and Turkey’, Lanham, 1984.
[5] Rena Molho, ‘La destrucción de los judíos de Salónica’, Rev. Raíces, nº33, pp. 23-30.
[6] Comando especial encargado de sacar los cuerpos de las cámaras de gas y de su posterior cremación. Estos comandos eran separados del resto de los deportados y permanecían en dependencias especiales y apartadas; la esperanza de vida de los ‘sonderkommandos’ era de tres meses.
[7] M. Molho, cit. Por H.Vidal Sephiha, L´agonie du judèo-espagnol, París, 1987, p. 52.
[8] Véase: Bedford, Robert: ‘An introduction to literature on the Holocaust in Greece’, New York, 1994.
[9] Zamila Kolonomos, Lus djidios i la rezistensue a la Makedonija, LM, nº 29, 1997, pp.14-15.
[10] H.Vidal Sephiha, L´agonie, p. 53.
[11] Moshe Shaul, ‘50 anyos de la salvasion de los djudios de Bulgaria’, Aki Yerushalayim, nº14, pp. 14-16.
[12] Berenbaum, Michael: preámbulo a ‘The Holocaust Chronicle’, New York, 1999.
[13] United States Holocaust Memorial Museum: ‘Historical Atlas of the Holocaust’, New York, 1996.
[14] Un estudio básico sobre las dos principales judeo-lenguas europeas en: Weinstock, N. y Sephiha, H.V.: ‘Yiddish et judèo-espagnol: un heritage européen’, Bruselas, 1997.
[15] AA.VV.: ‘Deportación: el horror de los campos de concentración’, Barcelona, 1978.
[16]Para la confección de este apartado utilizamos el archivo de testimonios que a lo largo de estos años el autor de este artículo ha ido compilando.
[17] Testimonio I: H.V. Sephiha. 1999. Sefardí de Bélgica de origen turco.
[18] Testimonio IV: R. Molho. 2001. Sefardí de Salónica.
[19] Testimonio I: H.V. Sephiha.1999.
[20] Testimonio XIX: David Galante, 2001. Sefardí de Rodas.
[21] Testimonio IX: David Levy. 2001. Sefardí de Salónica.
[22] Testimonio XXXI: Drita Tutunovic. 2002. Sefardí de Belgrado.
[23] En marzo de 2003 fue colocada en el campo de Auschwitz-Birkenau una placa en judeo-español en conmemoración de las comunidades exterminadas junto a las otras ya colocadas en 19 lenguas.
[24] Santa Puche, Salvador: ‘Libro de los testimonios: los sefardíes y el Holocausto’, vol. I. En prensa.

 

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